martes, 22 de febrero de 2011

RESUMEN DE LA HISTORIA DE LA ENFERMERÍA

 RESUMEN DE LA HISTORIA DE LA ENFERMERÍA

Siglo XVI- XVIII. TIEMPOS MODERNOS.
1.Renacimiento, Reforma y Contrarreforma: Período Oscuro de la Enfermería.
En el siglo XVI, Lutero, en Alemania, Enrique VII, en Inglaterra, y Calvino en Suiza, introdujeron en el Cristianismo un cambio profundo que constituyó una verdadera revolución religiosa y política, separando gran parte de Europa de la Iglesia Romana.
Se reconoce en Martín Lutero al Padre del Protestantismo y, por lo tanto iniciador de la Reforma.
No asignaba importancia alguna al papel de la mujer en la sociedad.
Como medio de salvación consideraba más eficaz la fe que las obras de caridad, y esto influyó para que se perdiera interés en toda tarea que significara un sacrificio personal extraordinario a sus actividades cotidianas.
En realidad la Reforma fue apoyada por las masas populares como instrumento de rebeldía contra el orden feudal y contra la potestad temporal del Vaticano, que era inmensa y excedía en algunos países a la del propio soberano.
Las riquezas de la Iglesia, su poder político y su unión, en medio de la división reinante, la habían colocado en una situación de privilegio absoluto frente a los gobiernos de reyes que solo podían contar con el apoyo parcial de sus nobles y de sus vasallos esclavizados.
La falta de comunicaciones (el más veloz medio de transporte era el caballo) permitía a los vicarios locales de la Iglesia una autoridad exagerada, y es indudable que muchos de ellos abusaban de su relativa independencia, argumentando que debían responder directamente ante sus congregaciones en vez de hacerlo a la Santa Sede, lejana, remota, e inaccesible para la denuncia.
Tal planteamiento era inadmisible, y la intransigencia de ambas partes produjo la división del Cristianismo occidental (cisma de occidente), dando origen al Protestantismo.
La doctrina Protestante era muy extremista en cuanto a la intolerancia con respecto a la educación de las mujeres. Deliberadamente las privó de educación y redujo sus actividades; así, la enfermera de hospital llegó al nivel más bajo que se conoce en la Historia.
2    Siglo XIX. La Enfermería moderna.
1.Florence Nightingale: La profesionalización de la Enfermería.
La profesionalización de la Enfermería llegó de la mano de una mujer inglesa llamada Florence Nightingale (1820-1910), quien con su esfuerzo y visión del futuro obligó a la sociedad de la época a comprender la importancia de los cuidados y de la formación de las enfermeras.
Florence Nightingale nació en Florencia (Italia), en Villa Colombaia, cerca de Porta Romana, el 12 de Mayo de 1820, en el seno de una familia de elevada posición social.
Su educación, al más puro estilo victoriano, estuvo a cargo de su gobernanta, pero sobre todo de su padre que era un erudito, y quien puso gran empeño en darle una formación lo más completa posible y enseñarle griego, latín, matemáticas y ciencias.
A los 17 años dominaba varios idiomas y su cultura era muy superior a la de las jóvenes de su tiempo; viajó con su familia durante año y medio por Francia, Italia y Suiza con el objeto de completar su educación en literatura, filosofía, religión, historia y economía, y dada su posición social tuvo ocasión de frecuentar los ambientes más refinados y aristocráticos donde tuvo noticias de algunas de las actividades sociales de distinguidas damas francesas,
Pero su interés se decantaba principalmente por visitar y conocer las instituciones de caridad y la realidad social de los países que visitaba. Anotaba sus observaciones en su diario y comparaba los hospitales franceses, que estaban bajo la vigilancia de las Hermanas de la Caridad, con los de Inglaterra, llegando a la convicción de la necesidad de organizar en su país algo similar.
También en este viaje tuvo la oportunidad de conocer y entablar gran amistad con Mary Clarke y frecuentar su famoso salón literario.
A su regreso a Londres, decidió renunciar a la brillante vida social que se le auguraba, y en 1845 aprendió el oficio de enfermera en el Hospital de Salisbury, impulsada por la convicción de que no bastaba la habilidad del médico para salvar a los enfermos, sino que era necesaria la cooperación activa e inteligente de la enfermera, y favorecido por la proximidad entre su domicilio y el Hospital, y la amistad que el director de éste, doctor Howe, y su esposa mantenían con su familia.
En esta época el hospital de pobres era un reducto de inmoralidad y solo llegaban a él mujeres del más bajo estrato social, que en el mejor de los casos eran mujeres ignorantes e incompetentes a pesar de los esfuerzos de una mujer como Elizabeth Fry y sus Hermanas Enfermeras, las cuales poseían una escasa instrucción en relación con las normas mínimas de nuestros tiempos, pero el carácter ejemplar de éstas en comparación, con el de las demás enfermeras de su época, significó un gran adelanto.
La personalidad de su madre y su férrea oposición se impuso a la de los demás miembros de la familia, pues no podía concebir la idea de que su hija se dedicase a la misma ocupación que aquellas mujeres ebrias e inmorales que actuaban como enfermeras en los decadentes hospitales ingleses del siglo XIX.
Florence tuvo que acatar la decisión materna, pero no llegó a aceptarlo y su salud emocional se resintió, viviendo una época de inestabilidad debido a los continuos conflictos familiares y a su naturaleza y formación independiente. 
En 1846, tiene noticia de la existencia de las Diaconisas de Kaiserswerth, de Theodor y Friederike Fliedner, y que tenía el reconocimiento por los elevados ideales y crédito moral de sus fundadores.
Para distraerla de sus ideas, en 1847 resolvieron hacerle realizar un viaje a Roma donde pasó una temporada con su amiga Miss Brackebridge, y tuvo la oportunidad de conocer a la Sra. Herbert y Sir Sidney Herbert.
Allí, por la influencia de la agitación religiosa de la época, decidió estudiar la doctrina católica, y por su gran amistad con la Madre Santa Colombaia, hizo un retiro de diez días en el Convento della Trinitá dei Monti. Las enseñanzas y conversaciones con la Madre Santa Colomba, sobre todo en lo referente a la formación de las novicias, le fueron de gran utilidad cuando organizó la disciplina de su propia escuela.
Vinculada con las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paul, en 1849 realizó en compañía de éstas un viaje a Egipto, dedicándose al estudio de las cofradías religiosas y de las condiciones de vida de los pobres en las aldeas y pueblos, y en el camino de regreso volvió a visitar a los Fliedner.
Una vez regresó a su país, tuvo la ocasión de viajar a Alejandría y conocer íntimamente la labor de las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paul. En Atenas, Grecia, conoció a unos misioneros americanos y estudió la escuela y el orfanato que regentaban. En Berlín recorrió los hospitales, y finalmente en Kaiserswerth (1850) pasó dos semanas en compañía de los Fliedner, observando lo que se había hecho y lo que estaba proyectado, quedando impresionada por la preparación sistemática de las enfermeras.
A su vuelta a Londres, y trató de visitar los hospitales y reformatorios de menores fundados por Ashley.
Consiguió por fin, a los 31 años, realizar estudios en la Escuela de Diaconisas de Kaiserswerth (1851) mientras residía en esta ciudad alemana, donde recibió la visita de Sir Sidney Herbert y su esposa, pese a lo “secreto” de su estancia allí.
Tras este período, en la que declaraba en sus cartas ser totalmente feliz: “Esto es vida; ahora sé lo que es vivir y amar la vida...” viajó a París en 1853 para estudiar la organización de hospitales, logrando entrar en la Maisón de la Providence de las Hermanas de la Caridad, donde adquirió y amplió conocimientos sobre el cuidado de los enfermos.
En la Maisón de la Providence cayó enferma y al respecto escribió: “De todas mis aventuras, que son muchas y bien raras, la más sucia es el sarampión en una celda”.
De regreso a Londres, en 1853, recibió su primer cargo de un comité de distinguidas damas que estableció un Sanatorio para damas sin hogar y gobernantas enfermas, y que le designó para organizarlo y dirigirlo con carácter de superintendente o enfermera principal.
Pronto introdujo además una labor social, ocupándose de encontrar para sus pacientes casas de convalecencia o empleo o de colocarlas en América, a través de una agencia de colocaciones patrocinada por su amigo Sir Sidney Herbert.
2.2.La Guerra de Crimea.
En 1854 estalla la guerra de Crimea entre Rusia y Turquía. Ante las pretensiones rusas de conquistar Turquía, lo cual constituía una gran amenaza para la ruta comercial británica hacia la India, entra en el conflicto la coalición Franco-Británica. Por esa misma época en Inglaterra es nombrado Ministro de la Guerra Sir Sidney Herbert.
En poco tiempo, los periódicos se llenaron de noticias desoladoras y quejas por el sufrimiento y negligencia que sufrían los soldados ingleses heridos, a través de un corresponsal irlandés del diario “The LondonTimes” (Rusell) que consiguió alarmar a la opinión pública.
Había allí Hermanas de la Caridad que asistían a los soldados franceses, y Hermanas de la Merced atendían a los de Rusia, y la prensa se preguntó ¿Cómo es que no tenemos hermanas de la caridad?
Sir Herbert pensó que Florence Nightingale era la única persona de su país capaz de organizar y dirigir una empresa de auxilio de este tipo y solicitó su colaboración, aún sabiendo la antigua resistencia de la sociedad inglesa y sobre todo del ejército en cuanto a emplear mujeres en el servicio.
Nightingale organizó con gran dificultad una unidad de 38 enfermeras: 10 Hermanas católicas romanas, 8 anglicanas, 6 enfermeras de la casa de San Juan y 14 enfermeras de distintos hospitales, que partió de Londres el 21 de Octubre de 1854 y de Marsella el 27 del mismo mes rumbo a Scútari, donde desembarcaron el 4 de noviembre .
Allí iban a encontrar no uno, sino dos hospitales repletos de heridos.
Diez miembros de la unidad fueron asignados al Hospital General y el resto fue acuartelado en el Hospital de Barracas, a media hora de camino a pie. Este último constaba de barracas de soldados adaptadas solo en parte para alojar a los heridos.
En las frías salas del hospital había cerca de 1800 pacientes, infestados de chinches y piojos. Las medidas higiénicas prácticamente eran inexistentes. Las ratas y ratones campaban a sus anchas. La ventilación era insuficiente y la iluminación la proporcionaban velas colocadas sobre botellas. Gran número de pacientes estaban tendidos en el suelo y no había cobertores suficientes.
La disentería, por un servicio deficiente de agua y las fiebres complicaban aún más la situación. La alimentación era tan mala que los pacientes no podían comerla, y además no existían los cuchillos ni los tenedores. No había ni una sola palangana, ni toallas, ni una pieza de jabón, ni escobas... mucho menos mesas de operaciones o anestesia.
Miss Nightingale organizó la alimentación de los heridos y el cambio de ropa de cama sucia, para lo que se alquiló una casa cercana instalando hervidores y pagando a mujeres de soldados para que lavaran.  Consiguió cepillos y trapos y se dedicó a organizar la limpieza de las salas.
Pero esto no era suficiente mientras no se solucionara el suministro de agua y el sistema de desagües.
Miss Nightingale se definía a sí misma como una especie de “comerciante al por mayor en calcetines, camisas cuchillos, tenedores, cucharas de madera, bañeras de cinc, mesas de operaciones, coles, zanahorias, jabón, tijeras, precipitados antipiojos, etc.
En poco tiempo la mortalidad disminuyó del 40% al 2%, pues eran más los que morían por falta de cuidados que por sus heridas: “ Por cada soldado que mata la guerra, mueren siete por causa de las infecciones y la mala alimentación...”
El trabajo de Nightingale la hizo popular entre los soldados. Le llamaban “la dama de la lámpara” por la candela turca que llevaba recorriendo los pasillos abarrotados de heridos.
En Scútari cayó gravemente enferma por las fiebres de Crimea, algo que pudo haber sido tifus, pero no regresó a Inglaterra, a pesar de las peticiones de Sir Sidney Herbert, hasta después de la guerra.
Recibió el reconocimiento real y del Parlamento británico, y con los fondos recibidos con ese reconocimiento a su labor en Crimea, se creó una fundación con su nombre, que le permitió establecer dos instituciones para la enseñanza de las enfermeras, en el St. Thomas Hospital y el King´s College Hospital, en Londres.
A los pocos años de su fundación, la Nightingale School empezó a recibir peticiones para que sus enfermeras fundaran nuevas escuelas en hospitales por todo el mundo y la reputación de Florence Nightingale como fundadora de la Enfermería moderna quedó asegurada.
2.3. La Cruz Roja Internacional
En 1859, Europa se debatía en otra de sus violentas guerras. Italia trataba de liberarse del yugo austríaco y Francia y Cerdeña la ayudaban. Piamonteses, lombardos, austríacos y franceses combatían ferozmente y el odio hacía la guerra más sangrienta, si cabe decirlo así.
En la batalla de Solferino, al norte de Italia, la ambición y la ira de los gobernantes había llevado al sacrificio a miles de soldados; resultaron muertos o heridos unos cuarenta mil hombres.
Jean Henri Dunant. (1828 - 1910), que viajaba por la región en esa época de junio, se había acercado lo suficiente como para ver como era de cerca una batalla y escribir al respecto, pudo contemplar el horror de los miles de heridos abandonados en el campo de batalla, pisoteados por las cargas de la caballería, o rematados por enemigos todavía sedientos de sangre una vez finalizada la lucha.
En ese lugar intentó socorrer a los que pudo mientras gritaba “Tutti fratelli”, pero comprobó que, como ocurriera cinco años antes en Crimea (1854-1856), la preparación para atender a los soldados heridos era totalmente insuficiente. Los carros de las aldeas vecinas empezaron a llegar para transportar a los heridos en un viaje de dolor y Jean Henri Dunant tomó la iniciativa para organizar, como antes lo hiciera Nightingale, la atención de los enfermos, cualquiera que fuera su nacionalidad, ayudado por un grupo de mujeres voluntarias que reunió en una de las aldeas, mientras repetían el grito de Dunant “Tutti fratelli”, dándoles agua, sopa, cubriéndoles y vendando sus heridas y haciendo todo lo que podían.
Una vez pasado lo peor, Dunant escribió cartas para los supervivientes, envió dinero de sus pagas a las familias, e hizo todas aquellas cosas que sabía, por la experiencia de Nightingale, que significaban mucho para los heridos.
En otra población vecina había otros miles de heridos y Dunant fue a ver lo que se hacía por ellos, siendo testigo de operaciones que se practicaban sin anestesia, pese a que el éter y el cloroformo se venían utilizando desde hacía más de diez años, etc.
En Londres, años después, decidió intentar hacer menos terrible la guerra y planteó a la opinión pública ¿No sería acaso posible encontrar en todos los países civilizados sociedades permanentes de voluntarios quienes en tiempo de guerra pudieran socorrer a los heridos sin distinción de nacionalidades?
Escribió un folleto titulado “Un Recuerdo de Solferino” que despertó en los europeos la vergüenza de la realidad que se escondía tras los relatos de gloria de las batallas, y visitó muchos países recibiendo el apoyo de sus gobernantes como Napoleón III, que sugirió la idea de acordar la neutralidad a quienes se hallaran prestando socorro a los heridos, así como respeto formal y efectivo al personal sanitario y de ambulancia.
2.4.El Tratado de Ginebra. 1863.
Después de cuatro años de labor, Dunant tuvo la satisfacción de ver reunirse en Ginebra un Congreso Nacional en 1863, para considerar medios y maneras para conseguir voluntarios dispuestos a servir en el caso de otra guerra. Lo que conocemos con el nombre de Comité Internacional de la Cruz Roja (Comité Ginebrino de Ayuda a los Soldados Heridos), fue constituido inmediatamente por los delegados de las catorce naciones participantes y todavía sigue funcionando.
Al año siguiente, dieciséis naciones firmaron el Tratado de Ginebra (1864), y se conviene que los hospitales militares habían de ser respetados por todos los ejércitos como zonas de seguridad, debiendo considerarse a su personal de médicos y enfermeras como neutrales que atenderían sin prejuicio a los heridos de todas las nacionalidades.
Se convino asimismo que cada nación habría de crear su propia sociedad de voluntarios, actuando según los principios fundamentales de la Cruz Roja.
Todas las sociedades debían servirse del mismo diseño como bandera y erigirlo como signo de neutralidad en todos los hospitales en los que fueran solicitados durante las guerras, que sería la bandera suiza con los colores invertidos, por sugerencia del doctor Luis Paúl Appia, es decir, una cruz roja sobre fondo blanco, en honor a Jean Henrí Dunant y a su país natal.
El símbolo de la Cruz Roja ha sido modificado por las naciones no cristianas, sirviéndose los musulmanes una media luna roja, los zoroastrianos un sol rojo, y los israelíes de una estrella de David roja.
Inglaterra firmó el Tratado de Ginebra en 1870, y otras naciones fueron adhiriéndose. Estados Unidos, siguiendo su antigua política de evitar todo compromiso internacional no lo hizo hasta 1912, sirviéndose hasta entonces de la Comisión Sanitaria, de similares características.
Jean Henri Dunant murió en 1910 en un asilo donde se había retirado, y pocos años antes de su muerte le fue concedido el Premio Nobel de la Paz y cedió su asignación económica a la Cruz Roja Internacional.


3    . LA PROFESIÓN DE ENFERMERÍA EN ESPAÑA.
3.1.La sociedad española de los siglos XV al XVIII.
La sociedad española de los siglos XV al XVIII, era predominantemente rural, con unas ciudades poco pobladas y donde el hambre y la miseria, junto con las epidemias hacían estragos. Esto hizo que proliferaran hospitales y asilos de beneficencia, pues aunque la aristocracia y más tarde los burgueses fueran atendidos en sus casas, la mayor parte de la población, en su mayoría pobres e indigentes solo podían ser acogidos en los hospitales de la época (de Beneficencia, Religiosos, Municipales o Reales) y sufrir, unos como otros, la escasa eficiencia terapéutica de entonces.
3.2.Cofradías y Hermandades.
Una de las respuestas a la situación social y por el déficit del Estado en cuanto a la beneficencia existente, es la aparición de las Cofradías y Hermandades.
Las Cofradías eran asociaciones populares de individuos con un fin piadoso y de caridad a través de las cuales se pretendía, no solo conseguir la mejora espiritual de los asociados por medio de actos religiosos, sino también, estaban destinadas al servicio, alivio y consuelo de enfermos.
La Cofradía auxiliaba al asociado más a título de gracia que como un derecho, y este auxilio dependía siempre de la necesidad o pobreza del cofrade.
Los cofrades se comprometían entre otras cosas a atender a los enfermos, y algunas cofradías promovieron la creación de hospitales, además de contribuir de forma directa a su mantenimiento.
Durante la Edad Media las cofradías agrupaban generalmente a artesanos de distintos oficios y de todas profesiones: labradores, mercaderes, artesanos, etc. y las reglas o constituciones que las regulaban, eran aprobadas por las autoridades eclesiásticas, cubriendo tanto necesidades espirituales como de previsión o profesionales (gremiales). En la Edad Media Cofradía era sinónimo de Gremio.
Durante el filantropismo laico del siglo XVIII, se sustituyeron las cofradías de beneficencia por los montepíos.
Las Hermandades son asociaciones cuya acción se limita a proteger tan solo a las personas que se agrupan como miembros de la misma. Se rige por severas ordenanzas elaboradas por sus socios, donde se especifican entre otros puntos, la cuantía de las cuotas a pagar, las prestaciones por enfermedad, parto, muerte, etc.
3.3.Los cuidados y los cuidadores.
Si bien podemos decir que en España la calidad de los cuidados no se vio afectada por las consecuencias de la Reforma protestante, la atención a los enfermos está en manos de religiosos y religiosas, que imprimen un carácter muy definido a los cuidados, y se da un estancamiento en el avance y desarrollo de los cuidados enfermeros, en relación al progreso de los conocimientos médicos y quirúrgicos.
Se deduce, que la idea predominante de que los cuidados eran más una ocupación religiosa que intelectual, repercutió en gran manera en el desarrollo de la enfermería como profesión.
En la España profundamente católica de los siglos XVI, XVII y XVIII proliferan como en el resto de los países diversas congregaciones religiosas, unas centradas en el cuidado de los enfermos y otras persiguiendo otros fines, pero todas ellas con el objetivo de la caridad y ayuda al prójimo, y los cuidados de enfermería toman una dimensión espiritual cuyo sentido principal es saber encontrar a Cristo a través del sufrimiento y el dolor de los semejantes.
Este movimiento religioso del cuidado del enfermo por amor cristiano se debe en gran parte a la influencia de los grandes místicos, Sta. Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, la importancia adquirida por la Iglesia en la vida española, la reforma de Cisneros, la aparición de la Compañía de Jesús, la aportación de los teólogos españoles en el Concilio de Trento.
En España, algunas de las órdenes surgidas han tenido y tienen una importante significación y su forma de cuidar ha sido de gran  influencia en la historia de la enfermería, entre ellas sobresalen Las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl (que llegan a España en 1673) y la Orden de San Juan de Dios, también llamada de los Hermanos Hospitalarios. Fundada por el portugués Joao Ciudad, y que a su vez fundó el primer hospital de la orden en Granada (1537) que después se había de llamar San Juan de Dios.
Los cuidados los realizan varones, que primero fueron laicos y luego religiosos, y cuentan con un Reglamento en el que quedan delimitadas las funciones de Enfermería. Dichos cuidados son, fundamentalmente, de reparación, aunque la asistencia a huérfanos, expósitos y casas de curas, debemos considerarlas como actividades cuyo fin principal es el mantenimiento de la vida.
El concepto de cuidadora en esta época, es el reflejo de la situación de la mujer en esta etapa de la Historia de España. La situación legal y social de la mujer era de total infravaloración, propia y ajena, en relación a los hombres, a lo que se sumaba la escasa formación intelectual de las mismas.
Como excepción, y precisamente por su condición de mujeres, se encuentran las “parteras”.
3.4. Los primeros hospitales españoles.
El primer establecimiento que aparece documentado es el Hospital fundado por el obispo Masona en Mérida en el año 580.
“Labró un hospital para toda suerte de enfermos, esclavos, libres, cristianos o judíos, aplicándole copioso patrimonio con muchos médicos y ministros y surtimiento de cuanto podía conducir al bien de los enfermos.” Padre H. Flórez (1732) “España Sagrada” T. XIII.
Hacia los siglos XI y XII aparecen los establecimientos destinados a albergar más que a cuidar a los leprosos: Las leproserías. Empiezan a especializarse los hospitales en un tipo de enfermos determinado y son dirigidos por personal religioso.
Durante la Baja Edad Media se construyeron numerosos edificios destinados a albergar a enfermos y heridos (sobre todo a lo largo del Camino de Santiago y en Cataluña). Carmen Domínguez-Alcón refiere la existencia en España de casi un centenar de hospitales antes de año 1500.
Los hospitales de esta primera época, sirvieron en su mayoría, como albergues de pobres, viajeros y marginados (huérfanos, leprosos, etc.) más que para prestar asistencia sanitaria a la población. Su principal cometido era prestar alojamiento y alimentación, no disponiendo por lo general de más de 20 camas para los enfermos.
A comienzos del siglo XVI se trata de poner remedio a esta situación adaptando y creando grandes Hospitales Reales por toda España. Los Reyes Católicos dieron un importante impulso fundando el Hospital de Santiago de Compostela (1501) y en Granada el Hospital de la Reina (1511) más tarde llamado Hospital Real, dotándoles de normas para su correcta administración y continuidad. El Cardenal Mendoza, en esta misma línea, fundó en Toledo el Hospital de la Santa Cruz (1514).
Estos hospitales seguían el modelo arquitectónico de la iglesias, basadas generalmente, en amplias salas de tres naves con el altar al fondo para que los enfermos pudieran así seguir los “oficios” o actos religiosos.
Durante el siglo XVI y XVII surgen numerosas instituciones del tipo de las fundadas por San Vicente de Paúl o San Juan de Dios: El hospital adquiere más que nunca una consideración de “centro asistencial para pobres”. (La distinción entre hospitales para enfermos y establecimientos destinados a indigentes e inválidos, no se realiza hasta el siglo XIX) y con el reinado de Carlos I y Felipe II se reorganizan las instituciones ya existentes y se siguen fundando nuevos hospitales con los fondos procedentes de las nuevas conquistas que aportaban los grandes señores.
Hay muy distintas denominaciones del personal que desempeñaba distintas funciones y proporcionaban cuidados: ministros, enfermero, médico, sangrador, criado, criada, ama, rector y capellán, visitador, practicante, barbero, enfermera, hospitaler u hospitalera, sirviente o sirvienta, nodriza, freyre o freyra (Domínguez-Alcón.1986).
Los administradores solían ser varones, salvo como en el caso del Hospital del Rey, de Burgos, que era administrado por la Abadesa de       las Huelgas. En documentos de este Hospital, del año 1210, se hace referencia a la “enfermera”,  se cree que refiriéndose a la referida Abadesa. En 1316 se cita al “enfermero” en algunos documentos del acta con motivo de la visita de los Circenses de Barcelona, al Monasterio de Poblet.
En 1683, se describe la actividad de los cuidados prestados por una enfermera en el Hospital de la Santa Cruz de Barcelona.
En algunos de los hospitales españoles, desde principios del siglo XVII se reconoce la figura del “Enfermero Mayor”, de cuya elección se encargaba el Capellán y se llevaba a cabo entre los enfermeros del propio Hospital. El capellán también se encargaba de la contratación y supervisión del personal.
Se describen las tareas que desempeñaban los enfermeros principalmente “como colaboradores del médico”, recayendo la máxima responsabilidad de los cuidados sobre el Enfermero Mayor. Sus actividades no solo comprendían la vigilancia de la evolución de las enfermedades sino también daban purgas y jarabes, estaban presentes en la visita del médico, al que informaban de la evolución de los enfermos, les aseaban, alimentaban, etc. En algunos casos ejercían de barberos.
En la Edad Media a pesar del estancamiento de la medicina, el cuerpo médico tenía rígidas categorías, en cuya cima estaba el médico internista. El cirujano era poco respetado y sus funciones se solían encomendar a los barberos.
Con el tiempo, el oficio de barbero se fue especializando y se llegó a diferenciar el barbero simple del barbero-cirujano, cuya principal misión era realizar las sangrías por indicación médica, aplicar ventosas, extraer dientes y muelas, etc. Los sangradores eran quienes se consideraban más idóneos para realizar las sangrías, práctica que llegó a convertirse casi en un ritual en todo tratamiento médico, con distintos resultados, como cabría esperar.
La regulación de estos oficios, correspondió en Castilla a los Reyes Católicos en 1477 con la creación de diferentes tribunales: el del Protomedicato, tribunal formado por los protomédicos que examinaban y concedían las licencias necesarias para el ejercicio de la medicina. Otros tribunales eran el Protocirujanato y el Protobarbeirato.
Parece ser que los Barberos Mayores o Protobarberos, eran los encargados de examinar a los barberos y sangradores, tomándoles también juramento de cumplir las leyes vigentes e instrucciones dictadas por el Protomedicato.
A lo largo de los siglos XVII y XVIII, se hace mención a las enfermeras como la responsables de las hermanas religiosas enfermas en los conventos. El mismo término se aplica a las mujeres que cuidan a los enfermos y a los niños.
Por la frecuencia en que citan los enfermeros en distintos documentos y la función que a éstos se les atribuye, es posible que las enfermeras estuvieran subordinadas a los enfermeros dado el papel social de la mujer en la época.

BIBLIOGRAFÍA

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SILES J, “Pasado, presente y futuro de la Enfermería en España. Perspectiva Histórica y Epistemológica”, CECOVA 1996 Alicante.

1 comentario:

  1. ¿ Dónde estan los ministrantes, cirujanos de levita corta, practicantes del siglo XIX ( podologos, odontologos y atención a partos). Pero la figura más autonoma en la profesión, fue la del Practicante en Medicina y Cirugia de los años 50 y 60 del siglo XX. Ahora que pintanos con una carrera de doscientos cuarenta créditos , más dos años de especialización: ser el auxiliar titulado del médico; ni más ni menos.

    El practicante

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